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4月29日

Y, sin embargo...

¿No os ha pasado alguna vez el estar viendo una fotografía y, de repente y sin previo aviso, vislumbrar un destello de paz, de serenidad, de olvido incluso?

¿No habéis hecho esfuerzos titánicos por contener ese sentimiento, abrazándolo, dejándo la mente en blanco, intenntadndo apresar lo que no es vuestro, lo que no es mío, y se va, dejándonos un sabor de boca agridulce, a ausencia y a promesas mancilladas por el teimpo?

En ocasiones me siento muy cansada. Recuerdo haber visto una película de Tarantino en la que, como no, encarnaba a un caballero derrotado, ya en los últimos años de su vida profesional y, presuntamente, sentimental. Hastiado de su trabajo o, mejor dicho, del trato que recibía del mundo hacia su molesta persona, se comportaba y se movía en una dimensión que no era real, lamentándose del paso del tiempo y la decadencia del mundillo que antes le había abierto las puertas.

Hay una escena, casi al final de la película, en la que Tarantino deja caer su cuerpo a plomo sobre un sillón de escritorio, de oficina. Intenta aposentarse, pero es torpe, y sus movimientos no le permiten asentarse con al suficeitne soltura. Hay algo en la fatiga de sus gestos, en la manera no cansina, sino cansada, frágil, puede que derrotada incluso, de acomodarse, que transmtite al espectador un sopor y una frustración tremenda.

¿Qué es la vida, una lucha constante en la que partimos abocados ya al fracaso? ¿Cómo podemos continuar siendo conscientes del final tan tremebundo, tan horrendo, que nos depara el futuro? Es que todo es cansarse, actuar y dejarse la piel en actividades que incluso nos pueden resultar alientantes, con la esperanza ciega y olvidada que una fotografía nos pueda devolver fugazmente, en un segundo regalado al olvido, a la paciencia, al intermedio que nos brindan nuestras 'obligaciones'?

¿Cómo cambiar de actitud, hacer de las obligacioens placer, sonreir con una despreocupación alada, caminar con 'ledicia' y obviar el hecho de que el cansancio, irremisiblemente, nos sobrevendrá?

Son preguntas tan antiguas como la humanidad, son pregutnas que estan relacionadas con tópicos tan grandes como el de la felicidad, o tal vez verdades tan grandes como la de la felicidad, no me apetece posicionarme a este respecto, parece que la sociedad actual a adquirido un afán enfermizo por los posicionamientos... Sabiendo como sé que la información que contiene mi recipiente cerebral, demasiado ocupado buscando reposo en el caos del ocio y la conciencia del ocio, es ya de por sí limitada, ¿Cómo puedo creerme en disposición de aleccionar, judgar o, ya sin llegar a estos extremos, simplemente categorizar la felicidad?

Y sin embargo, y sin embargo...                      Lo hago.


4月12日

Iconoclasta

Ensangrentada, pútrida y lacónica, salgo de un blog y google me lleva de vuelta, con estas tres palabras, al punto de partida. Cierro los ojos, los abro, parpadeo furiosa, herida en mi orulllo por haberme impreganado lo suficente de las sílabas ajenas como para remontar mis pasos hasta el origen... hasta sus letras.

Cabrón, ¿Cómo puedo leerte si lo que escribes es tan absolutamente descarnado que hiere? Es muy sencillo, es esa pasión, nunca mejor empleado el término, que destilas una y otra vez, cada poro uno línea, cada línea un poro, una embestida, un vaivén que reordena tú mente ausente, esciribiendo con la p...

Sabes, Iconoclasta? Me hieres la moral, la hieres de una manera demasiado frívola (que equivocada estoy utilizando esta palabreja ahora), despervendia, pero no insulsa. Incluso aquí tengo que contenerrme, contaminada como estoy por tus palabras. Me hieres la moral y mis creencias, y, sin embargo te leo... Sabes porque? Y como no vas a saberlo, si ya te lo he dicho? Por la pasión que destilas.

En un mundo en el que tantos escriben con el ego sobre el tapé, es bueno de vez en cuando ver un poco de apasionada autenticidad en juego, indiferente al juicio emitido por los espectadores empalmados de tus textos, puro deseo, puro sexo descarnado.

Me hieres en el alma, me ofendes con tu forma de exponerlo todo, de plasmarlo crudo y duro, hierro candente, si pudiera evadirte y no leerte... y, sin embargo, vuelvo y regreso, con solo tres palabras: ensangrentada, pútrida y lacónica agonía, caliginosa oscuridad, que a ti me reconduce, a tu pozo oscuro, húmedo, de sexo y cadenas, donde los limites pierden conciencia y la poesía se rige por un vaivén de enamorados sin constricciones ni moralinas que aten sus pason por cerros desalmados... ¿O es tal vez todo lo contario?